El Foro Global de Filantropía de este año concluyó el 20 de marzo, pero las conversaciones que tuve allí han dejado espacio, han permanecido en mi mente y seguirán despertando nuevas formas de pensar durante mucho tiempo.
Una frase parecía surgir en todas partes: cambio sistémico. No fue casualidad. Según se informó, la agenda del foro fue replanteada apenas unas semanas antes del evento para responder al momento global actual, con un cambio deliberado hacia un enfoque más sistémico. A lo largo de las distintas sesiones, los ponentes reflexionaron sobre el lenguaje de la complejidad, los puntos de apalancamiento, los desafíos interconectados y la necesidad de una nueva forma de operar en la filantropía.
Este cambio merece nuestra atención.
Pero también vale la pena plantear una pregunta más difícil: ¿qué queremos decir realmente cuando hablamos de sistemas?
Los sistemas están en el centro de la conversación, pero no siempre de la misma manera
Uno de los aspectos más interesantes del foro fue que la palabra sistémico se utilizó con frecuencia, pero no siempre para describir el mismo tipo de sistema.
En Busara, cuando pensamos en sistemas, a menudo nos enfocamos en las normas, los incentivos, las fricciones y los ciclos de retroalimentación que moldean el comportamiento humano. Nos interesa el entorno más amplio que hace que ciertos comportamientos sean más probables, más difíciles, más persistentes o más resistentes al cambio.
En el foro, en cambio, gran parte de la conversación se centró en las fuerzas más amplias que operan dentro de la filantropía: el peso institucional, los flujos de capital, los incentivos y las estructuras de toma de decisiones que determinan cómo se realizan las donaciones, hacia dónde se dirigen los recursos y por qué, en ocasiones, no llegan a donde más se necesitan.
Esa distinción importa y es precisamente por eso que la conversación fue tan valiosa.
Porque cuando la filantropía comienza a operar más como un sistema cohesionado e interconectado, y menos como una colección de actores bien intencionados que toman decisiones de financiación de manera aislada, se abre la puerta a una conversación más seria sobre cómo puede impulsarse realmente el cambio.
Confianza, impacto y la fragilidad del ecosistema de donaciones
En muchos sectores, seguimos abordando la confianza como una actitud individual. Pero, en realidad, la confianza suele comportarse más como una condición a nivel sistémico. Está determinada por señales repetidas, historias, comportamientos institucionales, amplificación mediática, efectos de pares y resultados visibles. Una vez que la confianza comienza a erosionarse, las consecuencias pueden propagarse entre distintos actores y a lo largo del tiempo.
Eso significa que restaurarla no es solo un desafío de comunicación. Es un desafío sistémico.
Mark Greer, de Charities Aid Foundation, habló sobre la erosión de la confianza y la percepción de impacto como dos grandes barreras sistémicas para las donaciones. Su planteamiento fue sencillo, pero poderoso: cuando la confianza se deteriora, los efectos no permanecen a nivel local. La duda se propaga. El escepticismo se vuelve contagioso. Años de trabajo institucional pueden verse socavados rápidamente.
De los sistemas complejos a los sistemas vivos
John Fullerton llevó la conversación un paso más allá al argumentar que no basta con reconocer la complejidad. Planteó la necesidad de adoptar una perspectiva de sistemas vivos, que reconozca que los sistemas no son estructuras estáticas que pueden diagnosticarse una sola vez, sino entornos en evolución que requieren una adaptación continua.
Esta idea conecta profundamente con el tipo de trabajo que nos importa en Busara.
Con demasiada frecuencia, las soluciones se diseñan como si el mundo fuera a permanecer estable durante el tiempo suficiente para que la implementación pueda alcanzarlo. Pero los sistemas reales se mueven. Los incentivos cambian. Los actores se adaptan. Surgen nuevas fricciones. Las intervenciones interactúan entre sí. Lo que parecía prometedor sobre el papel puede fracasar en la práctica porque el sistema cambió o porque reaccionó a la intervención.
El planteamiento de Fullerton sobre el equilibrio entre capital natural, capital financiero y capital social también señaló algo con lo que la filantropía suele tener dificultades: la necesidad de ir más allá de definiciones estrechas de retorno. Si queremos mejores resultados, necesitamos comprender las relaciones entre las distintas formas de valor y cómo fortalecer una mientras agotamos otra puede desestabilizar al sistema en su conjunto.
Los puntos de apalancamiento ocupan ahora un lugar central en la conversación
Una de las preguntas recurrentes que vale la pena seguir explorando es: ¿dónde están los mayores puntos de apalancamiento para cambiar el sistema?
Eso es alentador.
La pregunta sobre los puntos de apalancamiento es diferente —y mucho más útil— que simplemente preguntar dónde debería dirigirse el dinero a continuación. Cambia la atención de las transacciones aisladas hacia la arquitectura misma del cambio. Nos lleva a preguntarnos qué tipos de intervenciones pueden modificar los incentivos, desbloquear recursos estancados, transformar comportamientos o cambiar la manera en que el sistema en su conjunto funciona a lo largo del tiempo.
Half My DAF, una iniciativa creada por David y Jennifer Risher, es un ejemplo convincente de una iniciativa que aborda una distorsión clara en el ámbito de los fondos asesorados por donantes (donor-advised funds). Una vez que los donantes han recibido los beneficios fiscales de comprometer su dinero, el incentivo para destinar esos fondos hacia un impacto real puede volverse sorprendentemente débil. Half My DAF interviene mediante la igualación de donaciones, ayudando a generar impulso para que el capital que, en principio, se había apartado para hacer el bien, realmente se utilice para hacerlo.
Esto es lo que hace útil al pensamiento sistémico. Nos ayuda a reconocer que, a veces, el problema no es la falta de dinero, sino la desalineación de los incentivos. No es la falta de compromiso, sino la falta de movimiento. No es la ausencia de intención, sino una estructura que permite que la demora se convierta en la norma.
Simulación, reducción de riesgos y una gran oportunidad
Un tema que merece atención es el creciente interés en la simulación como herramienta para mejorar la toma de decisiones filantrópicas.
Roshan Ghadamian, del Institute for Regenerative Systems Architecture, argumentó que la filantropía necesita un nuevo sistema operativo y mostró cómo la simulación puede orientar las decisiones sobre cómo y cuándo invertir recursos. En una conversación aparte, Sarah Marikos, de Treehouse Family Foundation, compartió que personas de su red habían estado en estrecho contacto con investigadores que utilizan modelos de simulación para ayudar a reducir los riesgos de las inversiones filantrópicas.
Esta es una señal especialmente importante porque, durante mucho tiempo, los enfoques sistémicos se han considerado intelectualmente atractivos, pero difíciles de traducir en acciones operativas. Sin embargo, algo que quedó claro en el foro es que esto puede estar cambiando. Cuando el análisis sistémico se plantea no solo como una forma de comprender la complejidad, sino también como una manera de reducir el riesgo de las decisiones, se vuelve inmediatamente más accionable para los financiadores.
Y eso es especialmente importante para Busara.
Porque uno de los argumentos más sólidos a favor del trabajo sistémico es precisamente este: ayuda a las organizaciones a evitar invertir grandes cantidades en vías de acción con pocas probabilidades de funcionar. Nos permite poner a prueba supuestos antes de escalar, revelar consecuencias no deseadas y cuellos de botella, y establecer ciclos de retroalimentación antes de que se vuelvan costosos. En otras palabras, no es solo un ejercicio analítico. Es una herramienta práctica para tomar mejores decisiones.
Plantear el pensamiento sistémico como una herramienta para reducir riesgos es cada vez más importante para el futuro de nuestro campo.
El pensamiento sistémico también agudiza nuestra comprensión del impacto
Otro ejemplo memorable vino de Ansu Tumbahangphe, de Helvetas, quien habló sobre los esfuerzos para construir puentes colgantes de bajo costo y gran durabilidad que reducen significativamente el tiempo de desplazamiento de las comunidades rurales. La función directa de un puente puede parecer sencilla. Pero el impacto no lo es.
Un puente cambia el acceso a la atención médica. Cambia la asistencia escolar. Cambia la participación en los mercados. Cambia la manera en que las personas acceden a los servicios públicos. Cambia aquello que resulta posible en la vida cotidiana.
Este es un recordatorio útil de que el impacto rara vez es lineal.
Muchas de las intervenciones más importantes no funcionan debido a un único efecto directo. Funcionan porque cambian simultáneamente las condiciones que rodean múltiples comportamientos. Modifican el acceso, las expectativas, las rutinas, la coordinación y las oportunidades. Su valor se vuelve mucho más claro cuando se observa desde una perspectiva sistémica.
¿Qué significa esto para Busara?
Para nosotros en Busara, el foro reforzó algo importante: existe un interés real por el pensamiento sistémico, pero todavía hay un enorme espacio para profundizar en lo que esto significa en la práctica.
Hoy existe una mayor apertura dentro de la filantropía hacia el lenguaje de la complejidad, la interdependencia y el apalancamiento. Pero el lenguaje por sí solo no es suficiente. El siguiente paso es ayudar a las organizaciones a pasar de una aspiración sistémica amplia a una práctica sistémica más precisa.
Eso significa hacer mejores preguntas.
¿Qué comportamientos mantienen un sistema en su lugar?
¿Qué incentivos reproducen el equilibrio actual?
¿Dónde están los ciclos de retroalimentación que amplifican el fracaso o dificultan que el éxito sea sostenible?
¿Qué tipos de intervenciones tienen más probabilidades de transformar el sistema, en lugar de simplemente añadir más actividad dentro de él?
¿Y cómo pueden la simulación, los conocimientos sobre el comportamiento y el análisis sistémico ayudar a los financiadores a tomar decisiones más acertadas y menos riesgosas?
Aquí es donde creo que Busara tiene algo significativo que aportar.
No porque el lenguaje de los sistemas esté de moda, sino porque los desafíos que enfrentan actualmente muchas organizaciones realmente lo exigen. Si la filantropía busca un nuevo sistema operativo, necesitará algo más que ambición. Necesitará métodos que ayuden a las personas a comprender el comportamiento dentro de los sistemas, identificar puntos de apalancamiento y diseñar intervenciones mejor adaptadas a las realidades de la complejidad.
Es una conversación a la que vale la pena contribuir.
Y después del Foro Global de Filantropía de este año, da la sensación de que esta conversación apenas comienza.